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Libro: Tláloc, el vino que bebe la tierra

Introducción

Dios de la lluvia (Tláloc), [MAX]

Dios de la lluvia (Tláloc), [MAX]

La sabiduría gnóstica ha estado presente en todas las culturas del mundo, cuando estas florecieron esplendorosamente; entonces la sabiduría y el amor estaban encarnados en el corazón del ser humano.

Fueron estas épocas, cuando la ciencia, el arte, la filosofía y la mística, estaban hermanadas en un solo conocimiento, la gnosis. Momentos aquellos en que estábamos en armonía con la naturaleza y el universo, acordes con las leyes cósmicas y se rendía culto a los seres divinales.

Estábamos plenamente conscientes que las fuerzas de la naturaleza no son ciegas, nos dábamos cuenta que la lluvia, el trueno, el rayo, el río, los océanos, los manantiales, las lagunas, etc., tenían vida, alma, principios inteligentes y los quisimos alegorizar de alguna forma, y a toda esa alma de la naturaleza contenida en el agua, le llamamos Tláloc.

Los filósofos iniciados, en estado de éxtasis místico, solían ponerse en contacto con las dimensiones superiores de la naturaleza, y sabían de la existencia real de una potencia cósmica del universo relacionada con el agua, también llamada Tláloc, un iniciado, maestro o ángel.

Es claro que nuestros antepasados no adoraban ídolos, las representaciones artísticas que se plasmaron físicamente, eran para recordarnos que dentro de nosotros mismos, y en la naturaleza, existen fuerzas trascendentales, leyes, seres divinales y criaturas inocentes, quizás intangibles para los sentidos, pero reales para los ojos del alma.

Cada grabado contiene grandes revelaciones, es un verdadero llamado a la conciencia, a seguir el camino de la auto realización, a respetar lo sagrado que existe fuera y dentro de nosotros.

Necesitamos regresar al culto de los seres divinales con verdadera fe, con veneración y respeto; entonces se abrirá ante nosotros un mundo lleno de infinitas posibilidades, que ha estado tan cerca de nosotros, que lo único que de él nos separa es el mal uso de la mente.

La naturaleza es algo vivo, con alma, y en nosotros está que aprendamos a penetrar en el ámbito de la verdad, aprendamos a tocar sus puertas, pues dicho está por el maestro Jesús: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá”...